El camino espiritual genuino


El viaje espiritual conlleva adentrarnos en territorio desconocido con hambre de conocer que es real. Uno de los elementos esenciales de tal vida es la comprensión de que todo lo que encontramos: miedo, resentimiento, celos, vergüenza, en realidad es una invitación a ver con claridad donde nos estamos cerrando y deteniendo. En algún momento nos damos cuenta que no podemos manipular a la vida para que nos de solo lo que queremos. Entonces, ¿qué hacemos? Aunque nuestra tendencia es rechazar lo que no queremos en un esfuerzo de prevenir el sufrimiento, resulta que todas las formas en que nos resistimos limitan nuestras vidas causándonos dolor. Y aún así, ¿cómo encontramos el coraje para abrirnos y aceptar todo lo que somos y todo lo que surge en nuestro cuerpo y nuestra mente? ¿Cómo desarrollamos la confianza para vivir con esa clase de apertura y recibir lo que surge en el momento, justo como es, con claridad y amabilidad? ¿Cómo dejamos a la vida, con todos los contratiempos y penas suavizar nuestro corazón? En la tradición tibetana hay una historia sobre el gran yogui Milarepa que ilumina el camino, amenudo irregular, que transitamos en el proceso de liberar la resistencia y hacer las paces con nosotros mismos.

Un día Milarepa dejó su cueva para ir a recoger leña y cuando regresó se encontró con que unos demonios se habían instalado en ella. ¡Había demonios por todas partes! Su primer pensamiento al verlos fue, “¡Tengo que librarme de ellos!” Arremetió contra ellos, persiguiéndoles, forcejeando para echarles de la cueva. Pero los demonios permanecían tranquilos. De hecho, cuanto más les perseguía, más cómodos y asentados parecian estar. Al darse cuenta de que sus esfuerzos para echarles fallaron de un modo miserable, Milarepa optó por una nueva aproximación y decidió enseñarles el dharma. Si perseguirles para echarles fuera no funcionaba, puede que el esuchar enseñanzas cambiara sus mentes y se marcharan. Así que tomó asiento y comenzó a enseñarles sobre la existencia y la inexistencia, compasión y bondad, sobre la naturaleza de la transitoriedad. Después de un rato miró a su alrededor y se dio cuenta de que los demonios todavía estaban allí. Simplemente estaban allí mirándole con sus grandes ojos saltones; ni uno de ellos se había marchado.

En ese momento Milarepa soltó un profundo suspiro de rendición sabiendo que no podría manipular a estos demonios para que se marcharan y que quizás él podía aprender algo de ellos. Miró profundamente a los ojos de cada uno de los demonios y se inclinó diciendo: “Parece que vamos a estar juntos. Estoy abierto a qualquier cosa que queráis enseñarme.” En ese momento los demonios desaparecieron, menos un gran demonio, especialmente feroz, aleteando la nariz y con colmillos goteantes que todavía permanecía allí. Así que Milarepa fue todavía más lejos. Acercándose al demonio más grande se ofreció a sí mismo completamente, sin retroceder. “Cómeme si lo deseas.” Puso su cabeza en la boca del demonio y en ese momento el gran demonio se fue encogiendo y desapareció en el espacio.

Una de las cosas por las que amo esta historia es porque no alimenta nuestra visión romántica de la vida espiritual. Aveces imaginamos que si conducimos nuestra vida espiritual del modo “correcto”, no encontraremos bordes afilados. Estaremos en un camino directo de tranquilidad y dicha siempre crecientes. No estamos preparados para que todos nuestros negocios sin finalizar y todos nuestros traumas sin resolver empujando desde dentro como un géiser de lodo negro se vean expuestos. La historia de Milarepa parece mucho más cercana a la realidad. Trabajar con todo lo que hemos empujado hacia abajo es la parte central del camino espiritual. Y cuando los demonios aparecen, no es tan fácil simplemente relajarse y dejarlos ir. En general llevamos a cabo diferentes aproximaciones para hacer regresar a estos huéspedes no invitados a sus mazmorras. Esta historia nos lleva a realizar un viaje que incluye estrategias bien conocidas y maniobras habituales que intentamos- y finalmente abandonamos – en el proceso de abrirnos y abrir nuestras vidas de un modo genuino.

La primera etapa de este viaje es la cognición. Comenzamos a ver lo que sucede. Milarepa regresa a su cueva y se encuentra que está llena de demonios – puede ser que hayan estado durante mucho tiempo, pero ahora los ve de un modo claro. Experimentamos este reconocer cuando comenzamos a ver las cosas hacia las que hemos corrido, de las que nos hemos escondido o tratado de echar fuera. Nuestros patrones de evitar o negar pueden tomar tantas apariencias diferentes que a menudo no las vemos realmente hasta que nuestra cognición comienza a profundizar. Puede que sea 20 años antes de que nos demos cuenta, “Oh, me convertí en un doctor porque deseaba la aprobación de mis padres.”

O “Siempre estoy cuidado a las personas porque quiero que los otros me necesiten.” O “Era la reina de la fiesta porque me setía vacía.” Muchas veces miramos a las cosas que hacemos sin darnos cuenta que lo que nos mueve es una necesidad de aprobación, una necesidad de ser necesitado, o una necesidad de encajar. Y algunas veces nuestros comportamientos destructivos más obvios esconden algo más que nos resulta incluso más difícil de reconocer. Podemos, por ejemplo, querer reconocer nuestra ira, pero no querer reconocer el miedo y la vulnerabilidad que subyace. Así que “trabajamos con nuestra ira” sin tocar el crudo lugar por debajo.

Recuerdo hace unos años cuando estaba viviendo con una de mís amigas más íntimas, lo consternado que estuve al darme cuenta de lo competitivo que era con ella. Ella recibía la atención que yo quería para mí y me sentía ardiendo de celos y resentimiento. La imagen que tenía de mi misma era la de  una persona amorosa que quería lo mejor para sus amigos, y la situación me reveló una parte de mí que no quería ver. Incluso todavía peor fue la realización creciente de que debajo de aquellos celos había una sensación de indignidad. Me dí cuenta que ansiaba aquella atención para sentirme bien conmigo misma. No había manera de escapar de esta situación; me sentí como si estuviera dentro de una olla a presión y era extremadamente doloroso. Pero al no poder esconderme o echar a correr, descubrí gradualmente lo que significa la compasión hacia uno mismo y como es la base de una vida auténtica y abierta.

Cuando no reconocemos todo lo que somos, todas esas partes no reconocidas saltarán dentro de esa jungla que llamamos “la sombra” que más tarde projectaremos hacia los demás. Esta es una manera de ver el encuentro de Milarepa con los demonios. Se estaba encontrando con su sombra, con todo lo que había suprimido y rechazado de si mimo, en forma de demonios.

A menudo, cuando un sentimiento doloroso surge provocamos un cortocircuito; no lo escuchamos. Tenemos miedo de tocarlo. Encendemos la televisión. Permanecemos horas delante del ordenador. Nos comemos una bolsa de patapas fritas. Vamos el cine. Vamos de compras. Nos emborrachamos. Encontramos una manera de mantenernos atareados y entumecidos. Tenemos muchas maneras de distraernos para no tener que sentir el impato del dolor. En vez de aceptarlo de un modo consciente lo emujamos hacia el interior hasta que entra en las células de nuestro cuerpo. No se va fuera sino dentro. Alquien que ha hecho gimnasia, ha meditado, o se ha involucrado en prácticas somáticas, seguramente habrá experimentado como nuestro cuerpo revela nuestra historia de un modo sorprendente e incluso, algunas veces,  perturbador. Cosas que hace tiempo hemos olvidado, nuestro cuerpo las recuerda con una precisión impecable. Puede que imaginemos que el despertar espiritual es algo separado de nuestra encarnación física, pero el despertar y la encarnación van juntos. Encarnarse es simplemente sentirse cómodos dentro de nuestra piel, es abrirse completamente a la vida.

Aquí es donde entra la cognición. Con consciencia, incluso si nos cerramos, nos damos cuenta de que lo estamos haciendo. Esto en si mismo comienza a iluminar el territorio. Quizás no seamos capaces de parar de hacer las cosas habituales, pero estamos observando como lo hacemos. La mayoría de nosotros, cuando reconocemos en nosotros algo no deseado reaccionamos de un modo instintivo hacia el y hacemos justo lo que Milarepa hizo cuando popr primera vez vió a los demonios. Preguntamos, “¿Cómo me puedo librar de estas cosas?” La segunda fase de nuestro viaje es sobre nuestras maniobras. Vemos algo y si no nos gusta queremos echarlo. Retrocedemos. Juzgamos. Atacamos. No puedo contar las veces que me he sentado con alguien en la terapia que me pide que le ayude a descubrir como librarse de lo que no les gusta de si mismos. Y algunas veces esta tendencia puede incluso empeorar en las personas que llevan muchos años, incluso décadas, dedicadas a la práctica espiritual.

Nos topamos con nuestra avaricia, con nuestros celos o impaciencia, y el próximo impulso es luchar contra ello. No nos damos cuenta que estamos fortaleciendo el objeto contra el que estamos luchando. Es como tratar de meter bajo el agua un balón. Mantenerlo sumergido requiere una gran cantidad de energía, e inevitablemente salta a la superficie con igual fuerza, tomando una dirección impredecible. Pero si le das al balón espacio y lo dejas estar, flotará sin esfuerzo alguno por la superficie.

Hace algunos años leí un texto de Chögyam Trungpa Rinpoche que describía al guerrero espiritual como alguien sin miedo del espacio, ni de experimentarse a uno mismo y al propio mundo, completamente. Tenemos miedo de quien somos, continuamente nos volvemos frenéticos en tratar de llenar ese espacio, algo que evitar, esa persistente sensación de incomodidad debajo de la superficie de nuestras vidas. La intrepidez del guerrero surge de pisar una y otra vez dentro del espacio abierto, con el cuerpo, con la respiración y con el corazón expuestos. Es la intrepidez que desea intimar con el miedo.

Conforme la historia de Milarepa se despliega, nos encontramos con que hay un proceso de descubrimiento en marcha. Cuando el ataque directo falla, como inevitablmente sucede, busca otro acercamiento, la manipulación indirecta. Comienza esta tercera etapa cuando decide, “Voy a enseñanar a esos demonios el Dharma”. Hay una sutil energía de querer arreglarlo. La manipulación indirecta se ve  como una gran aceptación  y adaptación, pero todavía está enraizado en el rechazo de la experiencia.

Todavía estamos inclinados a dehacernos de lo que no nos gusta. Todavía no queremos afrontar nuestras partes más indeseables, y en secreto esperamos poder pasar directamente a la libertad sin tener que hacer eso. Hay mucho espacio para la auto-decepción; aquí es donde nos podemos quedar atrapados. Comenzamos a usar nuestras prácticas espirituales y todas las cosas que hemos aprendido para perpetuar una desconexión de la experiencia y una desencarnación de la vida. Nuestra imagen idealizada de lo que significa ser una persona espiritual no permite el auto-conocimiento y lo contradice.

Así, el ego se mueve hacia un alto nivel. Es posible vivir durante largo tiempo en un lujoso ático en el alto nivel del ego, mientras que los pisos inferiores se están pudriendo y decayendo. Si eres afortunada, antes que mueras todo colapsará y te encontrarás en el suelo. La experiencia trascendente en el alto nivel del ego no está encarnada. No ha permeado la materia de nuestras vidas. El “ido más allá” de la prajnaparamita, la perfección de la sabiduría no es esto. La trascendencia real es la forma más profunda de intimidad porque nada está excluido de su abrazo. Trascendencia es unión. En la unión de la forma y la vacuidad, nuestros cuerpos, nuestras mentes y todo el mundo fenoménico no se rechanzan sino más bien son percibidos como una expresión directa de lo sagrado. En el pasar de largo espiritual usamos prácticas espirituales y creencias para evitar trabajar con nuestros sentimientos dolorosos, heridas irresueltas, y necesidades básicas. Evitar nuestra humanidad completa aturde nuestro crecimiento espiritual y nos previene de una madurez espiritual real.

Había un artículo hace unos años en la Revista New York Times llamado “Terapia Iluminada” sobre un maestro occidental Zen cuyo alto nivel colapsó. Después de vivir por décadas en lo que parecía una elevada consciencia espiritual actualizada, comenzó a sentir una terrible depresión, una ansiedad debilitante y una oscura desesperación. Sus décadas de meditación no habían sanado sus heridas psicológicas y su vida se vino abajo. Desesperado fue a visitar a un terapeuta, y de un modo gradual pudo abrir y sanar algunos de los traumas profundos que había experimientado en su temprada edad. Su profundidad de meditación le había permitido sobreponerse de estas heridas hasta que un día los lobos de su dolor no digerido vinieron aullando a su puerta. El comprendió, a lo largo del tiempo, que su “talento” para la experiencia de iluminación era en parte una expresión de la habilidad que había desarrollado en su vida temprana para disociarse del dolor. Al abrir estos conflictos enterrados fue capaz de moverse hacia una amistad genuina con él mismo, y hacia una plenitud más auténtica.

Esta capacidad de ver todas las situaciones de nuestra vida como nuestro camino marca un giro de la terquedad a la buena voluntad. Esta es la cuarta etapa de la historia. Milarepa abandona sus soluciones y estrategias rindiéndose ante la presencia de los demonios, y a lo que pueden enseñarle. En este punto comenzamos a ver todo lo que surge como una oportunidad de profundizar en nuestra comprensión y suavizar nuestro corazón. Vemos las situaciones de nuestra vida como inherentemente viables. Queremos estar con nuestra experiencia, cualquiera que sea, sin juicios, sin tratar de arreglarla o deshacernos de ella. Y de alguno modo este deseo, esta manera gentil de permitir, comienza tranquilizando las cosas.

Para estar con nosotros mismos en este camino completo, necesitamos estar en contacto con nuestros recursos internos de auto-compasión y amor bondadoso. Nuestra capacidad de volvernos hacia lo que nos asusta o repele, y permanecer presentes con ello, depende de nuestro acceso a la bondad interior. Cuando podemos conectar con esta base de bondad interior, ello nos trae un nivel de confianza y bienestar que puede abrazar nuestra humanidad completa con toda su complejidad. Sin eso, no seremos capaces de permanecer con lo que surja. Esta conexión con nuestra bondad interior es como la cuerda que usa un alpinista para permanecer en contacto con la cara empinada de una roca. Sin esa cuerda de conexión podemos hacer una caída libre hacia el auto-reproche, el odio propio  y en realidad intensificar la herida existente. Atravesar esta cuarta fase requiere un profundo compromiso con la honestidad. Tenemos realmente que desear mirarnos y esto requiere agallas. No vamos a huir incluso si vemos un demonio mirándonos desde el otro lado del espejo. Vamos a permanecer junto a nosotros mismos sin importar el que, porque estamos más interesados en lo que es verdad que en lo que es cómodo. Cuando comenzamos a mirar realmente en nuestras vidas preguntamos, y queremos saber, “¿qué es esta incomodidad que no quiero tocar?” “¿qué es esta infelicidad que siempre está ahí a pesar de todos mis logros?” “¿Qué es esta ansiedad que siempre está zumbado bajo la superficie de mi vida?” Tenemos el coraje y la fortaleza para movernos hacia aquello de lo que nos hemos estado escondiendo a lo largo de nuestra vida.

Jung comentó que no nos iluminamos imaginando seres de luz sino trayendo la oscuridad a la luz. Este es el trabajo en esta etapa del viaje. Estamos recuperando todos los lugares perdidos y exiliados de nuestras vidas. En verdad, es la vida regresando por si misma. En nuestro deseo de abrirnos, estamos retornando por la vida que todavía espera ser recibida. Todo lo que empujamos a un lado está siempre esperando ser recibido en los brazos de nuestra ternura. Rumi dijo: “Cuando tu abrazo duele, se transforma en alegría.” ¿Es esto verdad? ¿Qué sucede si nos suavizamos por algo ante lo que en general nos endureceríamos? En esta cuarta etapa, comenzamos a arriesgarnos explorando los paisajes abandonados de nuestras vidas. Este terreno puede tener un alto precio, y a veces descubrimos que no tenemos los recursos  para acercarnos. Nos sentimos abrumados, y nuestro cerebro comienza a derretirse a través de nuestros oídos, nuestro estómago se revuelve, queremos vomitar, y todo nuestro sistema parece precipitarse. Así que estamos presentes ante eso. Reconectamos con nuestra bondad interior, profundizando en nuestra confianza, nuestro bienestar, y una sensación de confianza básica. Y entonces lo intentamos de nuevo. Descubrimos que ese viaje es un proceso dinámico, lleno de éxitos y fracasos que se alternan. Y descubrimos que los fracasos no son callejones sin salida. Cada vez que nos levantamos contra la pared, también estamos de pie en el umbral. La invitación de abrirnos a nuestra experiencia cualquiera que sea, momento a momento, está siempre allí, no importa cuantas veces necesitemos redescubrirlo.

Esto al final nos lleva a la quinta etapa del dejar ir completamente, donde toda la resistencia se ha ido. Ya no pedimos que la vida se adapte a nuestras condiciones. En vez de ello, comenzamos a vivir con la comprensión de que la fuente de  sabiduría está en lo que tenemos frente a nosotros, está en lo que surje en este momento. La sabiduría no está en otro lugar. No está en otra persona. Está justo aquí en nuestro propio corazón sin fondo.